Vuelta a la vida
Hace tiempo que no paso por aquí, pero tenía un par de entradas escritas en un pequeño cuaderno de estos meses atrás y me apetece compartirlas.
La primera es está del final del verano, la escribí mientras disfrutaba del último amanecer en la playa antes de mi vuelta a Madrid.
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Este último mes me he dedicado a
vivir, y aunque parezca absurdo creo que lo único que no hacemos hoy en día es eso, vivir.
Normalmente nos dedicamos a ir de
un lado a otro, a ver millones de cosas y personas pero no disfrutamos. Se nos
olvida vivir, o si prefieres, disfrutar de lo que hacemos.
Este mes he hecho mil cosas y a
la vez ninguna. Ese nada que te enriquece en todos los aspectos. Ese nada que
visto con cierta perspectiva te ayuda a conocerte más, te ayuda a ver lo que
realmente te importa. Te ayuda a darte cuenta de que es lo que realmente
disfrutas y se te olvida compartirlo en redes sociales.
Al fin y al cabo no se puede
compartir un café en redes, si su foto, pero no todo lo que rodea a ese café. La/s
persona/s, el entorno, todo lo que está pasando mientras tomas ese café no se
puede compartir. O quizá lo estés tomando sentado, solo, disfrutando del momento, pero
eso tampoco se puede compartir.
No puedes compartir una partida
de cartas, las risas y la felicidad de una familia sentada en una mesa,…
Pero quizá lo que más he
disfrutado ha sido en un kayak. Sola.
Remando desde la orilla hasta bien pasada la línea de boyas. En ese momento en
el que te descubres sola, subida en una pequeña barca con un mar precioso a tu
alrededor al cual le tienes un cariño inmenso y totalmente proporcional al
respeto que le tienes.
Y de repente todo el barullo de
la costa ha desaparecido, solo escuchas
el mar, miras a tú alrededor y el agua esta tan clara… que puedes ver la sombra
del kayak en el fondo y tu propia sombra asomada. Ves pequeños peces, marrajos
y para tu sorpresa una manta raya seguida de su cría, o al menos eso parece por
el tamaño o a lo mejor una está más abajo que la otra y la perspectiva te
engaña.
En ese instante descubrí un nuevo
lugar favorito en el mundo. Me tumbé con el remo a modo de espada en un funeral
medieval y disfruté de la paz, disfruté de la vida y viví ese momento.
Después de unos veinte minutos
largos sin pensar en nada solo sintiendo y siendo feliz tu cerebro programado
salta como un resorte y te dice “que pena no haber traído la GoPro y grabar
este momento”. Pero tú, más que nunca tú, le dices a ese cerebro programado que
sí que seguramente es una pena, pero que ese momento es tuyo y de nadie más.
Que una foto o un video no van a mostrar lo bello e inmenso de ese momento. Que
la gente solo se hará una ínfima idea de ese momento cuando tú lo cuentes y
vean tu cara de fascinación al recordarlo.
Decidí incorporarme y seguir
remando en paralelo a la costa y disfrutar de esa paz.
Poco a poco regresé a la orilla y
al llegar a la altura donde estaban los bañistas decidí lanzarme al agua, no
pude evitarlo el agua me estaba llamando desde que había visto ese fondo tan
claro. Al llegar a la altura de mis padres no pude evitar comentarles lo
increíble que había sido. El agua tan clara, aunque eso ya lo sabían, donde
ellos estaban estaba exactamente igual, si hubiera habido una aguja en la arena
la hubiéramos visto sin duda alguna. La paz. Todo el mundo tendría que vivir
ese momento.
Este mes también me he
reencontrado con algo me encantaba hacer de pequeña cuando llegaba el verano.
Pintar las calles. Aunque no sé si lo que me gusta es pintar las calles o pasar
tiempo con mi familia hasta las mil pintando, incluso cuando ya ni ves. Me
encanta comer bajo el paracaídas verde, con el suelo decorado y junto a mi
familia.
Me ha gustado revivir de cierta
manera el estar en el mar con muchos de mis familiares. Me recuerda a mi infancia. Los
días de bandera roja cuando no multaban por estar allí jugando con las olas
bajo tu responsabilidad. Cuantas olas me habrán revolcado a mi o a mis hermanas
y nos han enseñado a respetar el mar pero no a tenerle miedo. Algo que ahora se
repite con mis sobrinos pero ahora sin banderas rojas, solo amarillas.
Volver a pasar las tardes en el
sofá con mis padres sin hacer nada pero que se agradecen y se disfrutan,
hablando o jugando a las cartas. Volver a celebrar mi cumpleaños con mis padres
después de más de cinco años sin hacerlo y pasar el de mi madre con ella
también. Además hacerlo todo ello donde celebré todos y cada uno de mis
cumpleaños desde bien pequeña me ha hecho sentir a gente que ya no está
físicamente con nosotros muy cerca.
He visto un montón de amaneceres
en la playa. Sola, a veces acompañada de mi ukelele. Disfrutándolos. Solo
compartí por redes un amanecer. Quizá por ser el del día de mi cumpleaños, como
algo simbólico. ¿El primer amanecer de un año nuevo en mi vida? ¿El primer
amanecer de cambios? No lo sé, pero fue el único que tanto mi cerebro
programado como mi yo más egoísta estuvieron de acuerdo en compartir. Los demás
los dejo en mi retina, en mi cabeza y algunos en mi galería de fotos del
teléfono. Pero solo para mí, sus colores distintos, sus diferentes aromas y sus
mareas cambiantes.
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