Reflexiones de un viaje en tren/Mas humanos y menos robots
Me encantan los viajes en transporte
público.
Este blog realmente lo escribí en una
libreta cuando me monté en la RENFE dirección Madrid.
Tengo que decir que soy más de RENFE que
de Continental. Me encanta la privacidad y la publicidad, si lo podemos llamar
así, que te da el tren. Puedes ver y "conocer" a un montón de
personas en un trayecto medio largo de tren, son personas que, queramos o no,
forman parte de nuestras vidas.
¿Quién me dice a mí que el chico que tengo
sentado a mi derecha en el tren, que por cierto me está cotilleando por encima
del hombro lo que escribo, no es el amor de mi vida? Se ha reído así que,
confirmado, es un cotilla... ¡Hola!
Seguramente este compartiendo vagón con
gente que hará cosas muy importantes y otros que las harán terribles, pero
seguramente no las sabré nunca.
Lo que puedo hacer es imaginarme como son
sus vidas por cómo se comportan en el vagón o incluso inventármelas. Esa es la
privacidad que tenemos en el transporte público, nadie sabe realmente quienes
somos, podemos ser el héroe o el villano de la película pero nadie lo sabrá.
La publicidad que tenemos es que todo el
mundo te puede ver, puede fantasear con cómo es tu vida y con cómo será, o en cómo
eres. Incluso ahora con todas las apps que existen, si quieren, pueden hasta
localizarte, saber tu nombre, mirar fotos, etc. Pero no todo el mundo se
obsesiona con otra con la que se cruza en el tren.
Si tienes la suerte de conocer a alguien, más
allá de un cruce de miradas cuando entra en el vagón, por la razón que sea,
quizá esa persona te pueda ayudar o aconsejar en algo, como por ejemplo a
elegir el nuevo libro que vas a leer, lo que hacer en otra ciudad o el bar de
moda, o simplemente nos puede dar una buena conversación para amenizar el
trayecto.
Tenemos que perder el miedo a entablar
nuevas relaciones sociales. Debemos de volver a relacionarnos como cuando éramos
niños.
Cuando veo aun los niños relacionándose,
ya sea con otros niños o con adultos, siento envidia. Envidia sana, sí, pero
envidia.
Con cinco o seis años no hay problema
ninguno para relacionarse, dices:"¡Hola!" y a partir de ahí lo demás
viene solo. No hay vergüenza ni previsión de peligro, solo hay ganas de buscar
más allá, de hablar con un auténtico desconocido, por el único placer de hablar
y conocer a gente.
No juzgan a nadie, no les importa lo que
ha hecho la persona que tiene enfrente, de eso ya nos encargamos los adultos
que hay alrededor.
Seamos políticamente incorrectos. Hablemos
sin juzgar y por tanto sin ser juzgados.
Cuando veamos a alguien en el tren, metro,
en el autobús o por la calle y pensemos "¿qué pasaría si...?".
Acércate, saluda, preséntate y busca algo con lo que entablar una conversación.
Que esa persona está leyendo un libro que
ya leíste, empieza por ahí. Que está leyendo un libro que no te has decidido a
comprar, quizá te lo termine recomendando.
¿Lleva una camiseta de un tour o un
festival al que acudiste? Puede ser el perfecto acompañante para acudir al
siguiente.
Qué es un guiri bien parecido o como diría
mi madre "muy majo", que casualidad que quiero hacer un viaje al país
de donde es y me puede recomendar sitios o lugar que ver y visitar.
Siempre hay una buena razón o excusa solo
hay que buscarla, aunque te parezca la as tonta del mundo solo lánzate. Si no
nos lanzamos nunca sabremos qué es lo que nos puede pasar.
Nunca he sido de las que piensan que solo
hay una opción correcta. Creo que todas pueden ser las idóneas con la
justificación adecuada y la justificación más adecuada cuando queremos hacer
algo es "PORQUE QUIERO Y PUNTO".
Tampoco creo que el tren pase una vez y la
oportunidad está perdida para siempre. Si te vas a Atocha comprobamos que hay
trenes cada cinco minutos. Esas oportunidades que se nos presentan no se
pierden.
No creo en puertas que te brindan una
oportunidad abriéndose y si no entras en ese momento, se cierra para siempre
con cincuenta mil candados y cerrojos. Solo hay puertas completamente cerradas
a sentimientos, y somos nosotros mismos lo que ponemos esos candados. Estos
sentimientos no tienes que ser necesariamente dañinos, a veces encerramos
recuerdos preciados, los enceramos para no perdernos nunca, los ponemos tras
puertas blindadas y millones de cerrojos por un motivo muy simple: queremos ser
los únicos en poder acceder a ellos.
Las oportunidades no se desperdician, si
no las aprovechas tú, hay más gente para aprovecharlas. Esas oportunidades,
esas puertas, no desaparecen, están ahí siempre, quizá un poco más atrás pasado
los años pero se puede volver a presentar en el futuro, las oportunidades
y las puertas se mueven.
Todo lo que hay a nuestro alrededor nos
abre puertas nuevas, nos brinda nuevas oportunidades. Oportunidades de todo
tipo. De aprender, de trabajar, de ayudar o ser ayudados. Oportunidades de
amistad, de conversación o de un simple café, Oportunidades para sonreír,
empatizar, para abrir los ojos y ver más allá del yo. Oportunidades de
disfrutar de un trayecto en tren, de encontrar un compañero, un amigo o
de enamorarnos. Todas esas oportunidades las tenemos a nuestro alrededor.
Todo esto ahora lo buscamos por medio de
un sistema infinito de conexiones llamado internet.
Internet es una gran herramienta no lo voy
a negar, pero todo lo anteriormente mencionado no es sitio para internet, es
sitio para la vida real, eso que perdemos mientras estamos demasiado ocupados
con nuestra vida digital añadiendo "amigos" o ligando por las
distintas apps existentes.
Lo mismo mandamos un email solicitando un
puesto de trabajo, que nos ponemos a buscar a personas por las redes sociales
para "conocer y quedar" esa tarde o noche, o incluso mientras hacemos
esto último estamos mandando mensajes a nuestro grupo familiar para ver cuantos
vamos a ser en la reunión familiar de los domingos en casa de nuestros padres.
Todo esto sin ningún tipo de entonación, sin la "magia" de escuchar
la voz de otra persona al otro lado del teléfono, con esa frase mítica de
"¡Anda, pásame a mamá!"; sin sentir a otra persona y esa conexión que
surge poco a poco.
Me gustaría volver a recibir cincuenta
llamadas seguidas en el día de mi cumpleaños, escuchar la voz de mis
interlocutores e incluso añoro esos momentos incómodos que se creaban en las
llamadas de:
-"que no sé qué más decir, casi
que te cuelgo"; -"Vale, recuerdos a todos ,
adiós."-
Echo de menos recibir cartas escritas a
mano o postales, las tardes de largas charlas en un sofá o en un bar arreglando
el mundo.
A mi parecer no hay mayor regalo que
invertir tiempo en una persona, y que ese tiempo sea de calidad, sin móviles,,
sin nada que nos distraiga de las personas. Y lo más importante, estar con
ellos en la vida real. A veces no concedemos el tiempo que se merecen a las
personas, por miedo, si al fin y al cabo todo se reduce a miedo, miedo a querer
más, miedo a salir de nuestra zona de confort, y por culpa de ese miedo acabamos
perdiendo a personas que podrían haberse quedado en un tu vida para siempre,
pero nos vemos obligados a decirles adiós y desearles suerte en todo lo que
hagan y que sean felices.
No nos damos cuenta pero hay una red de
conexiones mucho mejor que internet. Son las personas.
Antes hacíamos amigos buscando cosas en
común en la vida real, quedando, compartiendo momentos reales, incluso si esa
amista iba a más podía convertirse en una relación sentimental.
Seamos honestos, antes nos lo currábamos
más, muchísimo más, y las oportunidades también eran infinitas, pero nos
esforzábamos más en conseguir lo que queríamos.
Ahora tenemos todo a nuestra disposición,
TODO, y en la palma de nuestra mano, como si fuéramos dueños y señores de todo.
En mi opinión, esto nos ha hecho involucionar en las relaciones humanas. No nos
esforzamos por casi nada. Ya no se habla, nadie dice lo que realmente siente,
ni siquiera con las personas más cercanas, tenemos miedo a que nos juzguen, a
que nos tilden de blandos o sensibleros. Tampoco preguntamos nada, no nos
interesa nada más que el YO. Si el de al lado tiene una sonrisa en la cara, es
porque estará feliz, o el que se traga los problemas es porque se supone que es
el fuerte y nada puede hacer que se derrumbe. Pues no, a veces los que
sonreímos, los que vamos de fuertes, somos los que más necesitamos un abrazo de
esos que parecen que van a solucionar todo, necesitamos llorar y pegar cuatro
gritos bien dados. Me da miedo que la sociedad cada vez involucione más y que
en vez de ser cada vez un pelín más humanos, vayamos cada vez más a robots.
Al final he hablado con el chico del tren.
Se llamaba James, casualmente se bajaba en la misma parada que yo e iba a la
misma calle un par de edificios más allá.
Hablando con él me ha dicho que vive a las
afueras de Londres y que está en España de Erasmus. Me ha recomendado
diferentes rutas por su ciudad, la primera la ribera del río Támesis en
bicicleta por la mañana y por la noche la misma pero, y cito textualmente
"andando en buena compañía (silencio dramático)". Me ha nombrado
algunas librerías antiguas, espero no haber tirado el papel donde me las ha
apuntado, y algunos lugares de Inglaterra para visitar, como Brighton.
Todo esto lo podría haber buscado en
internet, pero no hubiera pasado un agradable rato hablando con un completo
desconocido. Me ha apuntado su email y me ha dicho que cuando este por
Inglaterra que contacte con él, que me hará de guía encantado.
No sé si cuando vaya a Inglaterra me
pondré en contacto con James, pero si tengo seguro que cumpliré todas sus
recomendaciones. Porque queramos o no, somos personas que ya formamos parte de
las vidas del otro.
Hasta el próximo post :D
Comentarios
Publicar un comentario